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On the trail of the wolf in the snow
We enter the territory of the wolf to follow the trail of the great protagonist of the Iberian fauna through the images of Andoni Canela, one of the best nature photographers

Photo: Andoni Canela
By Andoni Canela

This summer I saw ‘Dersu Urzala’ (‘The Hunter’) again. This gem of cinema chronicles the expeditions of a Russian Government explorer and hunter through the Siberian taiga. Japanese director Akira Kurosawa’s film is extraordinary in many ways, but especially in the way it shows the stark beauty of wild nature. What Jack London achieved in his books with his words, Kurosawa achieved with his images.

In recent days, as I watched the snow fall in a corner of the Pyrenees, several moments in the film have come to mind. When the old hunter and his friend travel through the Siberian taiga, the landscapes come to life. The sounds, the animals, the wind, the sun, the snow … all become the main protagonists. Time stands still on any detail. Walking in the forest or in the mountains has always brought me sensations similar to the movie. Even more so knowing that these lands are inhabited by bears and wolves (only Siberian tigers are missing). The call of the wild takes refuge in these sanctuaries.

This winter I am following the tracks of the wandering wolves that move through the Pyrenees. As I look at the ground and the horizon, I also listen to the rest of the inhabitants of the mountain, integrating myself into the landscape as one of them. It is about seeing without being seen.

Photo: Andoni Canela.

I throw my memory back, to a winter of a few years ago while following other tracks. On that occasion, he was following the wolf’s trail in the Cantabrian Mountains. For some hunting or perhaps for the large amount of cutting ice that covered the territory, the sole of the wolf’s foot had a small wound. His bloodstained footprint signaled the harshness of wildlife in the harsh winter. Surely friend Dersu Urzala could have accurately read those footprints and interpreted them to chronicle the last days of that wounded wolf.

Foto: Andoni Canela ..

Year of snow, year of goods. For wolves it is usually true on many occasions. During that same winter, in a small Cantabrian valley, I discovered the remains of eight roe deer eaten by the canid. The ungulates had been fully exploited, only the bones remained. They had undoubtedly served as food for other carnivores and raptors. The wolves had probably hunted those roe deer when they were sunk in the snow. On other occasions the wolf’s prey perish due to lack of food and low temperatures. In that case, the crows soon discover them and lead the wolves to the carrion.

This winter the wolves will not have to carry out long searches through their territory in search of food. Quite the contrary: the harsh weather conditions will give them the chance to stock up on weakened or dead animals in that gigantic white trap that is the snowy mountain.

After the blizzard. Photo: Andoni Canela.

It snows and the wind blows. Snowflakes dig into my face like needles. The cold seeps into the folds of clothing. It is a strong blizzard that lasts until late in the afternoon. Memory leads me to an indelible scene in the film. I see Dersu and his friend the captain surviving the blizzard in a makeshift shelter with the sparse vegetation around. The story reaches its maximum intensity. Even if it were only for those few minutes, it would be worth viewing Kurosawa’s great masterpiece.

Snow on the mountain is synonymous with beauty, but also danger. Especially on the peaks where, as in the taiga or tundra, the harsh conditions that living beings must face end up leading them to death. Beginning and end. Like winter itself, which dies every year to start a new spring. Like the roe deer that has not managed to overcome the intense cold and serves as food for the wolves, which a few months later will give birth to their cubs. It is the cycle of life.

When the wind stops blowing, the fog appears. The clouds play with the landscape and add an aura of mystery to the mountain.

Foto: Foto: Andoni Canela

Nos adentramos en el territorio del lobo para seguir el rastro del gran protagonista de la fauna ibérica a través de las imágenes de Andoni Canela, uno de los mejores fotógrafos de naturaleza

Foto: Andoni Canela
Por Andoni Canela

Este verano volví a ver ‘Dersu Urzala’ (‘El cazador’). Esta joya del cine narra las expediciones de un explorador del Gobierno ruso y un cazador a través de la taiga siberiana. La película del director japonés Akira Kurosawa es extraordinaria en muchos sentidos, pero sobre todo en la manera de mostrar la cruda belleza de la naturaleza salvaje. Lo que Jack London conseguía en sus libros con palabras, Kurosawa lo logra con sus imágenes.

Estos últimos días, mientras veía caer la nieve en un rincón de los Pirineos, me han venido a la cabeza varios momentos de la película. Cuando el viejo cazador y su amigo viajan por la taiga siberiana, los paisajes cobran vida. Los sonidos, los animales, el viento, el sol, la nieve… todos se convierten en protagonistas principales. El tiempo se detiene en cualquier detalle. Caminar por el bosque o por la montaña siempre me ha traído sensaciones similares a la película. Más todavía sabiendo que estas tierras las habitan osos y lobos (solo faltan los tigres siberianos). La llamada de lo salvaje se refugia en estos santuarios.

Este invierno estoy siguiendo las huellas de los lobos errantes que se mueven por el Pirineo. Mientras miro al suelo y al horizonte, escucho también al resto de habitantes de la montaña integrándome en el paisaje como uno más de ellos. Se trata de ver sin ser visto..

Echo la memoria atrás, a un invierno de hace unos años mientras seguía otras huellas. En esa ocasión, seguía el rastro del lobo en la cordillera Cantábrica. Por algún lance de caza o quizás por la gran cantidad de hielo cortante que cubría el territorio, la planta del pie del lobo tenía una pequeña herida. Su huella manchada de sangre daba señal de la crudeza de la vida salvaje en el duro invierno. Seguro que el amigo Dersu Urzala hubiera podido leer con precisión esas pisadas e interpretarlas para dar crónica de los últimos días de aquel lobo herido.

Año de nieves, año de bienes. Para los lobos suele ser cierto en muchas ocasiones. Durante ese mismo invierno, en un pequeño valle cantábrico descubrí los restos de ocho corzos devorados por el cánido. Los ungulados habían sido aprovechados por completo, solo quedaban los huesos. Sin lugar a dudas habían servido de alimento a otros carnívoros y aves rapaces. Probablemente los lobos habían dado caza a aquellos corzos al quedar hundidos en la nieve. En otras ocasiones las presas del lobo perecen por la falta de alimento y las bajas temperaturas. En ese caso los cuervos no tardan en descubrirlos y conducen a los lobos a las carroñas.

Este invierno los lobos no tendrán que realizar largas batidas por su territorio en busca de alimento. Todo lo contrario: la dureza de las condiciones meteorológicas les brindará la posibilidad de abastecerse de animales debilitados o muertos en esa giganesca trampa blanca que es la montaña nevada.

Tras la ventisca. Foto: Andoni Canela.

Nieva y sopla el viento. Los copos de nieve se clavan en mi cara como agujas. El frío se cuela por los pliegues de la ropa. Es una ventisca fuerte que dura hasta última hora de la tarde. La memoria me conduce hasta una escena imborrable de la película. Veo a Dersu y su amigo el capitán sobreviviendo a la ventisca en un refugio improvisado con la escasa vegetación de los alrededores. El relato alcanza su máxima intensidad. Aunque solo fuera por esos escasos minutos merecería la pena visionar la gran obra maestra de Kurosawa.

La nieve en la montaña es sinónimo de belleza, pero también de peligro. Especialmente en las cumbres donde, al igual que en la taiga o la tundra, las duras condiciones a las que deben enfrentarse los seres vivos acaban conduciéndolos a la muerte. Principio y fin. Como el propio invierno, que muere cada año para dar inicio a una nueva primavera. Como el corzo que no ha logrado superar el frío intenso y sirve de alimento a las lobas, que unos meses después darán a luz a sus lobatos. Es el ciclo de la vida.

Cuando el viento deja de soplar aparece la niebla. Las nubes juegan con el paisaje y añaden un halo de misterio a la montaña.

via Tras el rastro del lobo en la nieve | El Confidencial